Vivo en el barrio Poblado Patio Bonito, que sí es Bonito y
algo de tiene de vida de barrio.
Lo que más valoro de este lugar que a diferencia de otros sectores del
poblado es su ubicación entre las Vegas y la Avenida, y lo planito de su terreno, que no es tan “faldudo” y se
deja caminar.
Los momentos más significativos de comunidad, o eso de
coexistir con otras personas en el mismo lugar, son los breves pasos por el
ascensor donde a veces veo a otros vecinos y en tramo de la portería donde paso
diciendo -¡Hola Pedro!- por la mañana, y -¡Hola Mejía!- por la noche.
Del edificio conocía a los del frente pero ya se fueron, y a
los nuevos les conozco el acento de rolos, los gustos musicales, y algunos
dramas familiares.
De la calle conozco al señor que vende flores con la esposa,
que viven en Santa Elena y son silleteros, al que se hace en la otra esquina y vende cigarrillos,
bananos murrapos y aguacates, los que le montaron la competencia de aguacates a
dos cuadras, al señor de la mazamorra, al del carrito de las Dunkin Donuts, el
que pasa gritando que arregla licuadoras, al de paletas, al de las obleas y las
solteritas y a el las fresas.
Aunque llevo viviendo aquí varios años no conozco a casi
nadie pues a diferencia de mi mama no voy ni a la Iglesia ni a la peluquería
que se prestan más para la socialización; pero sí camino por el barrio y sé que
además de estos dos lugares hay hostales , tiendas de decoración, alquiler de
vestidos, oficinas, gimnasio, restaurantes, un parque que limita con Astorga,
un toldito de un señor zapatero, lo que se me escape, más mi favorito que es el
sendero paralelo a la quebrada dónde hay sombra y es fresco por la cantidad de
plantas que lo bordean.
Es un jardín
que rápidamente podría parecer un rastrojo pero por el contario es un lugar muy
bien cuidado, lleno de plantas que dan apariencia de crecer libremente pero que
fueron sembradas por algún jardinero. Éste paisaje posee
el mismo carácter del de el High Line
en NY, dónde después de construido el parque se conservaron todas las especies
de plantas que por azar llegaron a estas carrileras de tren mientras estuvieron
abandonadas.
Creo que si alguna vez experimenté verdaderamente esa “vida
de barrio” fue Prado donde solo contando una cuadra (desde mi casa en Palacé
con Urabá, hasta la iglesia del Espíritu Santo) puedo decir que conocía a las
monjitas del frente, a Doña Rosalba la vecina del lado derecho que hacía
tamales deliciosos y era de Curazao, a Doña Maruja la del lado izquierdo que me
abrazaba dolorosamente fuerte y me gritaba con cariño y crueldad -¡Me encantan los Blancos!- , A Doña
Lucia la de la colección de pesebres y la mejor navidad del barrio, a los de la
casa del Opus Dei que después remplazaron por un asilo, a Doña Inés la modista,
al señor que paseaba muchos perros y a pesar de su pinta respetable y decente
mi papá estaba seguro de que era él el que le robaba el colombiano los
domingos, la casa del alcalde, del obispo, Reinaldo el habitante de la calle
que siempre estaba con un palito como batuta y un periódico como partitura
dirigiendo una orquesta invisible, pero que estoy segura, tocaban increíble por
las largas horas nocturnas de emocionantes conciertos frente a mi casa y así
puedo ir nombrando a muchos a medida que avanzan las cuadras.
Recuerdo una frase
de Mafalda: “Creo que la vida moderna
tiene más de moderna que de vida” y la siento tan cierta pues por la
cantidad y efectividad de mis recuerdos puedo decir que el barrio dónde habité aquella casa de bareque de la primera
mitad de mi vida, tiene más vida que éste moderno edificio de ladrillos a los que
les fata tanta.
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